Paraíso del Jamón, the revenge
Buscando la vieja entrada de La Cuchara sobre el Paraíso del Jamón en Google me he dado cuenta de que el post aparece en segundo lugar en el buscador. Toda una lección sobre lo que puede ser la publicidad negativa de un sitio humilde como este para un ¿emporio? con cinco locales bastante grandes situados en sitios claves de Madrid.
En La Cuchara no solemos hacer nunca críticas negativas, o al menos no destructivas. “Que chicos más complacientes” seguro que habrá pensado más de uno. Y no es eso, acudimos, como todo el mundo, a sitios que nos parecen infectos, comemos aceite mil veces reciclado muchas más veces de las que nos gustaría y nos tapamos la nariz en cuartos de baño dignos del de Trainspotting como el más pintado. Sin embargo la filosofía que ha primado ha sido siempre la de intentar recomendar lugares interesantes. No somos críticos culinarios ni nada por el estilo sino un grupo de amigos que cuenta sus experiencias en bares y restaurantes.
El caso paraíso del jamón fue especial porque nos sentimos tan engañados…¡Si hasta nos sirvieron una “fanta de garrafón”!
Y no es que un tiempo después haya decidido regodearme en aquello no, es que desde entonces han sucedido algunas cosas muy bizarras con estos establecimientos que merecen que os las contemos también.
Aquellas croquetas infames y aquella botella de fanta rellenada eran hasta ahora el hit de nuestros encontronazos con este establecimiento pero hará cosa de un mes fui al banco con otra persona y resultó que ese día por no se que fiesta del gremio este abría más tarde, con lo que decidimos hacer tiempo desayunando. Miramos alrededor y el único bar que teníamos a mano era…¡El Paraíso del Jamón! Rápidamente vinieron a mi recuerdos traumáticos que ya conocéis pero en fin, aquel era el de San bernardo, el de Bravo Murillo no tiene porque ser igual me dije, y total para unas tostadas y un café…Pero me equivoqué.
Y digo que me equivoqué porque la gente de este local es capaz de rizar el rizo con doble tirabuzón en el aire y caerte sobre un juanete encima. El tomate de las tostadas tenía ya desde el principio un colorcillo sospechoso y tras probarlo se confirmaron nuestras sospechas “¡es tomate frito!” exclamamos los dos al unísono. Nos reímos por no llorar.
Hablando con otro amigo y también cucharero que trabaja por la zona me contó que en este mismo establecimiento –el de Bravo Murillo- a una compañera de trabajo le salió de las espinacas del menú un bonito saltamontes cual Venus emergiendo de las aguas. Para mear y no echar gota.
Este post poco habitual en el blog, que “desrecomienda” en lugar de recomendar y no habla de ningún sitio nuevo, valga como reiteración y advertencia: no seáis tan tontos como nosotros, no volváis al lugar de los hechos.
P.S: Por cierto ¿no es la web tan cutre como sus establecimientos?






