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Casa Matías


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Con un viento frío como nuevo comensal, entramos en Casa Matías, uno de esos sitios por cuya puerta había pasado un millar de veces, pero en el que nunca había entrado. Dejado atrás el enorme tablón de madera con el nombre del restaurante grabado, nos recibe un local cuya distribución engaña porque es más pequeño de lo que a primera vista parece. Una inmensa cuba de sidra preside el centro de la sala dividida en dos alturas; cuba práctica a la par que ornamental porque de ella puede uno escanciar la bebida.

Acogidos por un servicio que en todo momento nos hizo sentirnos como en casa, amable, cercano y profesional, tomamos asiento en una de esas mesas de ubicación incómoda porque quedaba justo en el medio de otras tantas, sin una sola pared que sirviese de escudo. No me gustan esas mesas porque según pasan los minutos van cayendo las cañas primero, las botellas de vino después, y las copas tras el postre, y con cada vaso vacío el tono de la conversación sube y se acaba haciendo partícipes a las demás mesas. Ni que decir que la conversación tuvo momentos no aptos para menores, pero qué demonios, era fin de semana.

Casa Matías tiene una carta bien confeccionada cuyos entrantes y primeros orientan a unos segundos suculentos, tanto a nivel de carnes como de pescados. Nosotros nos dejamos aconsejar y unas puntas de espárragos al horno, un revuelto de hongos, y una de changurro cayeron. Todo bien cocinado, presentado, servido, y al paladar buenísimo, en especial el revuelto de hongos.

De segundo se pasearon por la mesa un plato de bacalao al pil pil y el chuletón, con su hueso y todo dando prueba del origen de la carne. ¿Qué decir? Yo me decanté por el chuletón y no creo que pudiese haber hecho elección mejor. Tanto por textura como por sabor, le doy un nueve sobre diez. El punto restante se lo lleva la excesiva grasa que me tocó, pero por lo demás, impresionante.

Los postres fueron buenos, aunque comparados con el resto, resultaron más tradicionales. Mouse de chocolate, un plato con tejas y canutos de barquillo, y queso fueron los escogidos. Destacar las tejas por su consistencia y sabor intenso.

Y como no sólo de sólido vive el hombre, nos metimos para el cuerpo unas botellas de un rioja de autor que nos recomendaron, y que incluso a mí, que no me hace mucha gracia el vino, me gustó. Maetierra Dominum QP (Cuatro Pagos) era el nombre del caldo, poco ácido y sin apenas el sabor a roble tan característico del rojo norteño. Rematamos con unos digestivos y, por supuesto, agua.

En resumen, Casa Matías es un asador-sidrería caro si nos atenemos a los precios de su carta sin más, pero que en relación a la calidad de su cocina y servicio sale muy bien.

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