Moma Bar

Vaya por delante, antes de empezar, que el día que fui al MOMA Bar estaba realmente hambriento, y que eso influyó en mi opinión del lugar.
Entré en el MOMA Bar al mediodía, después de una mañana agotadora. La impresión visual fue muy buena. Un lugar moderno y acogedor, con poco ruido, en el que recuperar fuerzas. La encargada (el tipo de mujer que con una sonrisa me tiene enamorado) nos condujo a mis compañeros y a mí a una mesa y nos dio las cartas. Raciones, pinchos, ensaladas, postres… y yo muerto de hambre buscando esas palabras mágicas que son “primeros” y “segundos”. De eso no había. La carta está pensada para situaciones de poca hambre, o como mucho, de hambre normal.
Dicho esto, MOMA Bar es un local de esos tan de moda hoy, con una decoración minimalista pero sin llegar al extremo, con colores eléctricos y una iluminación cálida. El servicio es bueno, rápido y atento. A nivel de cocina, está a medio camino entre el bar, la cafetería y el restaurante, con ingredientes tradicionales y conocidos combinados de manera original, pero aceptable por todos los paladares.
Pedimos unas ensaladas para empezar. Yo me decanté por la tibia de solomillo con queso azul y fue todo un acierto. La de jamón de pato con naranja y aceto balsámico también estaba muy buena. Las carnes eran tiernas y la mezcla de sabores acertadas.
Después seguimos con unos pinchos. Fue difícil escoger porque la variedad es inmensa y todos tenían muy buena pinta. Pedimos uno de setas con gambas gratinadas que, aunque parecía pequeño, llenaba bastante. La sobrasada ibérica con queso cheddar y miel es otro muy recomendable, así como el de brandadas de bacalao y salmón con tomate, y las milhojas de jamón y queso.
De postres, el de degustación nos convenció aunque tocamos a poco.
En definitiva, MOMA Bar es un local muy bien puesto, con un toque sofisticado que no excluye a nadie, y en el que uno puede comer o cenar platos originales y bien cocinados por unos 15 euros.






